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Frase Aleatoria
La felicidad es darse cuenta que nada es demasiado importante
Bernard Shaw
 
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10/09/2013
Sincera Inocencia
 
Hace unos meses tuve una conversación con una persona a la que acababa de conocer, y uno de los temas que surgieron fue el de la paternidad. Me reí, con cierta ironía, al pensar todo el camino que debería recorrer aún para llegar a plantearme en serio el ser padre. Pero lo cierto es que, pensándolo detenidamente, y recordando anécdotas que me han pasado con los niños, pienso que sería, sin duda, la experiencia más feliz que podría tener.

Pero, dejando a un lado este "sueño", bastante lejano actualmente, me quiero centrar en relatar dos de esas anécdotas que, para mí, han significado momentos simpáticos, emocionantes y gratificantes; y es que el gesto de un niño es lo más sincero que nos podemos ganar hoy en día.

Empezaré por la que, tal vez, sea la más simpática de todas las que me han sucedido.

Recuerdo que estaba en un centro comercial con mis primas, hace ya unos años. Eran épocas navideñas y estaba lleno de gente (la crisis aún no se veía venir). Preferí esperar por fuera de una de las tiendas en las que mis primas necesitaban entrar, al darme cuenta de que había demasiadas personas dentro, y me iba a costar maniobrar con la silla.

Mientras esperaba fuera, pasó una pareja con un carrito doble y en ellos iba una parejita de mellizos (niño y niña), los cuales tendrían apenas un año.

Por casualidad, se detuvieron a unos pocos metros para mirar el escaparate, y los pequeños se fijaron en mí. Yo, que tiendo a ser algo payaso en esas situaciones, me puse a hacer muecas, moviendo las cejas y acentuando mi sonrisa. La respuesta de los peques fue una sonora carcajada a dúo, cada vez que le repetía el gesto. Enseguida los padres se percataron de la fiesta que tenían los hijos conmigo, y prestaron atención, igual que muchos de los que pasaban por allí, llegando a detenerse para observar la escena.

El momento cumbre fue cuando, después de un rato, el niño se sacó el chupete y, extendiendo la mano, me lo ofreció. Todos nos reímos ante aquel gesto. Me sentí recompensado ante aquello y se me ocurrió extender el brazo y hacer el movimiento simulado de coger el chupete y ponérmelo en la boca. El niño se rió con satisfacción, volviendo a ponérselo en la boca y despidiéndose con la mano, mientras los padres continuaron su camino dándome las gracias, supongo que por hacerlos reír durante un rato.

Otra de las situaciones que recuerdo fue en un viaje a Madrid. En esa ocasión me acompañaba una chica que había conocido hacía poco. El caso es que, ya en el aeropuerto, me percaté de tres pequeñajos revoltosos que andaban corriendo por toda la terminal. Pensé que sería un vuelo entretenido, si iban también a Madrid. Creo que hice un comentario a mi acompañante al respecto y nos reímos un rato, mientras los observábamos.

Efectivamente, los tres chavalillos, hermanos al parecer, iban en el mismo avión que nosotros, y no tardaron en hacerse notar. Desde que el avión alcanzó la altitud de crucero, momento en el que el pasaje se puede levantar si lo desea, empezaron a correr de un extremo al otro del avión. Las azafatas, sin mucho éxito, les pedían que se sentaran. Se me ocurrió empezar a interactuar con ellos, escondiendo la cabeza detrás del asiento, y asomándola poco a poco. Esto les llamó la atención y, tras unos instantes observándome, fueron hasta sus asientos para imitarme, escondiéndose y asomándose, al tiempo que se reían en plan pillos. Mi acompañante me comentó que se me daban los niños, y nos estuvimos riendo un rato hasta que se cansaron y tranquilizaron.

Estas dos anécdotas han sido situaciones en la que he podido comprobar la facilidad con la que un niño te entrega su cariño si le prestas un poco de atención. Creo que tengo cierta facilidad para entenderme con ellos, tal vez porque no he perdido ese niño que todos llevamos dentro, pero que a veces no tenemos ni tiempo para sacar.

Para terminar esta Idea, haré mención a un rincón de mi despacho donde voy colocando cada regalo que me ha hecho algún niño. Desde los dibujos que me hacen mis sobrinas cada vez que voy a verlas (donde ponen todo su cariño y esmero), hasta felicitaciones navideñas de una niña cuya madre mantuvo una profunda amistad conmigo durante unos años. La lista de objetos es larga, cada uno con su historia, y verlos me hace sentir especial, porque no hay nada más auténtico que el gesto espontáneo de un niño.
 
 
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