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17/07/2019
Erradicando la visión del "pobrecito minusválido"
Erradicando la visión del Llevo un tiempo conociendo situaciones en las que, personas con algún tipo de discapacidad, se ve agraviada y limitada (más aún de lo que su propia situación le conlleva) a causa de prejuicios que siguen estando presentes en la sociedad.

La forma de erradicar la visión del “pobrecito minusválido”, tan presente aún, es mostrando la otra cara de la moneda, la que realmente nos representa y la que, afortunadamente, muchos hemos decidido hacer nuestra. Una realidad de personas conscientes de su situación, pero en la que huimos del dramatismo y lamentaciones, rechazando la sobreprotección y paternalismo, y negándonos a ser tratados con condescendencia. Nuestra realidad es la de personas que aspiramos a ser útiles a la sociedad, desempeñando una labor para la que hemos sido formados, logrando así una autonomía personal equiparable a la de cualquier otra persona, y teniendo así la posibilidad de alcanzar una vida plena.

Somos responsables, en mayor o menor medida, de cómo se nos ve desde fuera. No digo que tengamos la culpa de la ignorancia de cada individuo que nos trate con condescendencia, ni mucho menos, pero si debemos asumir la responsabilidad de alzar la voz (o los dedos para expresarnos de forma escrita como en este caso) para hacer visible el error cometido y, tal vez así, hacer reflexionar sobre cómo se debe vernos.

Soy consciente de lo frustrante que puede ser esta labor, yo mismo he tenido épocas de hartura por tener que demostrar, de forma constante, mis capacidades cognitivas e intelectuales, pero también soy conocedor del hecho de ser la única forma de ir cambiando algo, eliminando prejuicios individuo por individuo, y logrando así una visión normalizada en un futuro.

Por otra parte, tampoco sería justo asumir esta responsabilidad en solitario, por ser algo que debe ser globalizado. Familias, educadores, profesionales de la salud, etc., deben hacerse cargo de su parte, informándose de forma adecuada, evitando caer en las ideas preconcebidas, casi siempre equivocadas, y conociendo las realidades de primera mano, para luego divulgarlas de forma objetiva.

Situaciones como la que salió en los medios hace pocas semanas, donde unos padres se quejaron porque sus hijos tuvieran que compartir espacio, en un campamento de verano, con una niña con discapacidad, alegando que ya convivían, durante todo el curso, con compañeros en esa situación, y que necesitaban desconectar de todo eso en periodo vacacional; me muestra una de las actitudes más dañinas que tienen algunos progenitores con sus hijos.

Y es que me he topado con padres que, en un intento irracional de proteger a su hijo de una realidad con la que tendrá que convivir tarde o temprano, optan por evitar la interacción con personas con discapacidades evidentes, negándole a su hijo la posibilidad de normalizar esta situación de forma natural, sin dramatismo ni sobresaltos, logrando así un beneficio para todos. En cambio, retrasando dicha interacción, lo que logran es una visión anómala de lo que implica tener una discapacidad, haciéndole sentir como si fuera algo que debe ser ocultado (como se lo ocultaron a él) y obligándole, más tarde, a desaprender esta idea adquirida para luego aceptar la realidad tal y como es.

No voy a dar lecciones sobre cómo educar a un hijo, no tengo la formación adecuada para decir lo que es correcto y lo que no, pero si puedo expresar mi opinión personal, basada en experiencias vividas, y en la progresión que han tenido tras el tiempo trascurrido. Tengo amistades con hijos que, en algunos casos, he visto crecer desde muy jóvenes, siendo hoy adolescentes; y observo la naturalidad con la que tratan la discapacidad, sabiendo perfectamente la forma correcta de actuar en cada caso, libres de prejuicios, y sin temor a preguntar cuando desconocen algún detalle. Considero que estos jóvenes, de alguna forma, tienen una ventaja al haber adquirido, desde muy pequeños, la habilidad de no sorprenderse de lo “diferente” y conocer una realidad mucho más amplia de la que les quieren mostrar.

Y son abundantes los ejemplos de situaciones a la que debemos enfrentarnos casi cada día. Yo mismo, después de llevar más de 15 años trabajando en un puesto que requiere una capacitación media/alta, me he visto en la necesidad de corregir a personas que, al verme en una oficina, asumen que formo parte de algún programa de formación especial, o en alguna actividad ocupacional.

O, si nos remontamos a mi época formativa, tener que lidiar con profesores que, basándose únicamente en sus apreciaciones externas, asumen que su materia me resultaría compleja de asimilar y, por ello, creían necesario recordarme que el curso era largo e iba a tener tiempo de alcanzar el nivel de mis compañeros. Paradójicamente fueron esas asignaturas donde más destaqué desde el primer examen, haciendo patente el error de juicio inicial del profesorado. Lo bueno que pude sacar de esto fue que no tuvieron reparos en reconocer su error y sorpresa, y haber aprendido que lo físico e intelectual no tienen por qué estar vinculado.

Estos son solo dos ejemplos, pero podría nombrar muchos otros a los que me enfrento de forma casi cotidiana. Pero saber manejar estás situaciones también es importante; no podemos estar siempre enfrentándonos al mundo mostrando un enfado permanente, aunque consideremos que tenemos motivos para ello. En la mayoría de casos es más efectivo tomarse las cosas con humor, evitando que la otra persona se ponga a la defensiva, y facilitando así la comunicación. Admito que recurro mucho a la ironía, como un término medio entre enfado y humor.

En ocasiones necesito mirar atrás para ver lo que llevo recorrido, y observo con agrado que en algo he podido influir para hacer un poco más visible nuestra realidad. Personas que han pasado por mi vida como compañeros, amistades, parejas … pueden tener una visión de la discapacidad mucho más normalizada que la que tenían antes, solo por ser testigos, ya sea de forma cercana o más distanciada, de mi cotidianidad. Y también a través de estos textos que escribo, y que son leídos por personas que, en alguna ocasión, me contactan para expresar su sorpresa, admiración, o simplemente para decirme que han cambiado su percepción al conocer mis experiencias. Son estos últimos los que más me motivan a seguir, ya que con ellos he logrado el objetivo principal de esta web.
 
 
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